EL fuego sigue prendido
“Escribe, según sus propias palabras, para revelar la historia escondida, la que ha sido tergiversada, porque como es sabido, generalmente las historias oficiales de los pueblos las redactan según sus conveniencias los ganadores.”, expresa Fernando Arellano Ortiz en la introducción de su entrevista con Eduardo Galeano. Las historias de Latinoamérica fueron contadas por los colonizadores y con un sello europeo; no es coincidencia que pocas fuentes primarias haya de los pueblos nativos, que relaten la vida antes de Colón o durante las colonias, y si las hay, poco conocimiento, importancia y entendimiento tenemos sobre ellas. La Tierra del fuego, de Sylvia Iparraguirre, rompe totalmente con esta concepción; quien narra la historia, Guevara, hijo de europeos, y nacido en Buenos Aires, relata hechos en los que estuvo involucrado parcialmente, desarmando o cuestionando una mirada etnocéntrica de los sucesos, al mismo tiempo que trata de buscar su propia identidad. Mientras la pluma dibuja aquellas hojas, él se encuentra en un continuo aprendizaje de quíen es y quíen quiere ser. La autora del libro, intenta quebrar la mirada de estas misiones europeas, hacia el continente americano, como “civilizatorias” de pobres e inferiores indios, que poca idea tenían de lo que era el orden. El narrador, todo el tiempo pretende entender qué es lo que piensa Button, que se puede interpretar como una manifestación a la ausencia de una visión que, escasamente se conoce de la historia. Sin embargo, Guevara mantiene a lo largo del relato una concepción ambigua sobre los ingleses: justifica su fin de civilizar a esas pobres almas, pero no los medios que se usan para tal. Esto, demuestra la lucha constante del narrador por salir del eurocentrismo que se puede, si uno quiere, trasplantar en los lugres del libro: Lobos es su pueblo y en él conviven sus ideas y sus disputas; Londres es la ciudad de los ingleses, tierra ajena pero cercana gracias a su padre; y la Patagonia es el hogar de Button, lugar que sorprende y abruma al narrador. Tanto la Patagonia como Londres, son dos mundo diferentes, paralelos, pero que al chocar, forman otro mundo: Lobos, Guevara, donde convive el Viejo Mundo con el nuevo.
Con respecto a la identidad, Galeano la define como una elección de valores, de personas y de lugares; Jemmy Button, por más que lo quieran convertir en inglés, le pongan traje y galera, lo lleven a la Casa Real, jamás lo podrá ser porque no lo eligió, porque no quiere serlo. Para él, el traje es un pedazo de tela innecesario, los reyes son personas con adornos y lujos, las monedas son para jugar, sin valor. Por eso, la imposición de una identidad cultural, no sirve de nada si el receptor no la elige; eso es lo que vemos en Latinoamérica, tan diversa actualmente pero con un mismo pasado de conquista y apropiación. “(...) la condición humana es una y muchas y eso es lindísimo que ocurra.”, explica Eduardo sobre la ambigüedad del ser humano y el/los mundo/s que habita, y lo importante de esta diversidad, de este “abanico de colores”. Sin embargo, la uniformización, acompañada de un globalización capitalista con valores de mercado y de rentabilidad, no solo atenta contra la diversidad y lo diferente, sino contra el ecosistema y al alma de las personas, al atribuir necesidades y dolores agregados. No existía diablo en el mundo de Button, los otros lo trajeron.
Otro punto, que expresa Galeano es el de los héroes. La historia del Gran Hombre, como si estos estuvieran aislados; como se dice reiteradamente, San Martín no cruzó los Andes solo. Crear un héroe distinguido, también es negar la diversidad, es negar la dinámica y la relación dialógica de la historia. “Un gran héroe es un hombre que se levanta a las seis de la mañana, que trabaja doce, catorce, quince horas y que sin embargo sigue siendo leal a ciertos principios, a ciertos valores, y que no se ha dejado convencer de que sólo se vive para trabajar e intenta trabajar para vivir, es decir, que no ha perdido de vista que el fin de la vida humana no es convertirse en hormiga.”, un héroe como anónimo o no, pero que defiende sus principios y no deja influenciar por sistemas materialistas.
Galeano y Sylvia, hablan de una Latinoamérica usurpada, apropiado por aquellos que se creyeron superiores y con el deber de transformar a quienes no lo eran. No obstante, no les bastó solo con maltratar, explotar, adueñarse de los indios, también se encargaron de escribir la historia como única, y hasta nuestros días nos persigue este legado etnocentrista. América no existe a partir de la llegada de Colón, pero muchas veces se olvida su pasado y se ignoran las voces de quienes allí vivían y gritaban para ser escuchados. Ambos hablan de una historia necesaria para la identidad de Latinoamérica, y como dice el primero, esta debe de unirse para defenderse “(...)de una historia oficial enferma de racismo, de machismo, de elitismo y de militarismo(...)”. Solo con la integración del continente podremos progresar y conseguir la real soberanía. Tanto Iparraguirre como Eduardo, dan esperanzas de un cambio; la autora proclama que contar la historia de otra manera y dar vuelta el tablero, es posible; el segundo asegura que tenemos grandes reservas de dignidad para seguir adelante, aunque se trate de un panorama complejo. Depende de cada uno, de la elección que queramos o que podamos hacer. La Tierra del fuego es América Latina, es el llamado y la alerta hacia conquistadores que todavía no pudimos sacar; el fuego está prendido y para apagarlo, debemos asumir responsabilidades, unirnos, educar, y por sobretodo, evitar la desinformación. Desenmascarar, como dice Galeano y como reproduce Sylvia en su obra, el otro lado de la historia nos corresponde como Latinoamericanos.
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